“¡Vengan, vengan y vean el Retablo de las Maravillas del Rey de los Títeres! ¡El más grande espectáculo para niños y niñas de cinco a noventa y cinco años!”. Este recamo mágico, casi ancestral, lanzado desde detrás de una cortinilla misteriosa, va atrayendo poco a poco a los niños del barrio. No hay taquillas ni asientos. El tinglado d la antigua farsa puede montarse en cualquier plaza o jardín. Manuel de la Rosa, con un camión del Ayuntamiento, ha recorrido durante los meses de julio y septiembre los barrios y calles de Madrid, demostrando  que los niños de hoy aún pueden entusiasmarse, gritar y reír con las funciones de los titiriteros.

El famoso “Don Redondón” de la televisión –el creador de Juan sin Miedo, del Hada Rosalinda, de Desmandatus y de tantos otros muñecos casi vivos- es una especie de patriarca barbudo que se autodefine como “titiritero de profesión”, y un apasionado por los títeres desde que, de niño, asistió a una representación de marionetas en casa de García Lorca. Su hijo, que  también se llama Manuel de la Rosa, anda por los barrios con su caravana de personajes fantásticos: caballeros, reyes, brujas, fantasmas, animales que hablan y otros seres legendarios cuyo valor pedagógico ha sido descubierto por la psicología moderna.


A partir del día dos de octubre, los títeres estarán presentes todas las tardes, en Madrid, en los Jardines del Descubrimiento, hasta el día del Pilar. Entonces se inaugurará en el Centro Cultural de Colón un auditorium permanente dedicado exclusivamente a espectáculos infantiles. Los títeres tendrán en él un lugar importante, porque su capacidad de convocatoria es inmensa, a pesar del avance enorme de las superproducciones cinematográficas y de la televisión.

 

Desde la Edad Media, los títeres han venido representando en España desde la vida de los santos hasta los cuentos populares. En la corte de Carlos V. del Emperador para abajo, todos se quedaba embobados, viendo los hombrecillos mecánicos que desdoblaban el tambor  o luchaban lanza en ristre. Aquellas representaciones pasaron a plazas públicas, y surgieron entonces los polichinelas, que se hicieron populares en toda España: Currito, Cristobita, la Tía Norica… Hasta que, ya en una época más cercana, fueron tema de inspiración de Valle-Inclán o García Lorca. Hoy, estos mismos personajes, remozados por titiriteros como Manuel de la Rosa, recorren los grandes barrios periféricos sin que las concentraciones urbanas ni la contaminación parezcan importarles lo más mínimo.